Salud

¿Cuánta humedad debería haber en casa? Lo que dicen el RITE y la OMS

8 de junio de 2026

Condensación en el cristal de una ventana por exceso de humedad en casa
Foto: Unsplash

Casi nadie revisa la humedad del aire de su casa, y probablemente debería. Todo el mundo tiene termostato, todo el mundo sabe si en el salón hace frío o calor, pero pregúntale a cualquiera cuánta humedad relativa hay en su dormitorio y lo normal es que se quede en blanco. Ese dato que nadie mira explica por qué te despiertas en febrero con la garganta como papel de lija, por qué se te agrieta la piel de los nudillos en cuanto llega el frío o por qué el bebé tose de noche sin tener un triste resfriado.

El Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, el RITE, que es la normativa española que regula estas cosas, sitúa el confort higrotérmico de interiores entre el 40% y el 60% de humedad relativa. No es un capricho de ingeniero. Es el rango en el que el cuerpo se encuentra cómodo, las mucosas no se resecan y, a la vez, ni el moho ni los ácaros tienen dónde agarrarse. Por debajo del 30% empiezan los clásicos del invierno con calefacción: nariz seca, garganta irritada, piel tirante y más electricidad estática de la cuenta cuando tocas el pomo de una puerta. Por encima del 65% el problema cambia de cara pero no de gravedad, porque llegan la condensación en las ventanas, las manchas de humedad en las esquinas y, en cuestión de semanas, un caldo de cultivo perfecto para ácaros y moho.

La Organización Mundial de la Salud lleva años señalando la relación directa entre la humedad de las viviendas y los problemas respiratorios, sobre todo en población infantil y en personas con asma o alergias. No es casualidad que las consultas de pediatría se llenen de toses nocturnas justo cuando arranca la temporada de calefacción. El aire seco irrita las vías respiratorias altas y las deja más vulnerables a unos virus que, para colmo, también aguantan mejor en ambientes secos. Con el aire demasiado húmedo el camino es el contrario y el destino igual de malo. Se dispara la población de ácaros del polvo, uno de los alérgenos domésticos más comunes, que se reproducen de maravilla por encima del 60-65% de humedad.

El dormitorio suele ser la habitación más castigada, y se entiende. Pasamos ahí entre seis y nueve horas seguidas, con la puerta cerrada, sin ventilar y muchas veces con la calefacción puesta toda la noche en invierno. Si encima el radiador es de los antiguos, de esos que caldean rápido pero no añaden ni una gota de humedad al ambiente, te metes en la cama con un 45% de humedad relativa y te despiertas con un 22%. Esa sensación de sequedad en la garganta al levantarte no es cosa tuya. Es literalmente el aire de la habitación deshidratándote mientras duermes, poco a poco, sin que te enteres.

Mucha gente se confunde aquí y da por hecho que la humedad es un asunto de invierno. En verano, con el aire acondicionado a tope, ocurre lo contrario y se acaba en el mismo sitio. Los equipos de A/C deshumidifican el aire como efecto secundario de enfriarlo, así que si vives en una zona ya de por sí seca, buena parte del interior peninsular por ejemplo, puedes plantarte en pleno agosto con una humedad relativa ridículamente baja sin que nadie lo asocie, porque uno está pensando en el calor y no en la sequedad.

Lo curioso es que el cuerpo se acostumbra a la sequedad mucho antes de que sea saludable, de la misma manera que te acostumbras al desorden de una habitación hasta que dejas de verlo. Por eso fiarse de la sensación térmica, o de cómo se respira, no funciona. Cuando notas molestias evidentes llevas semanas o meses por debajo del umbral recomendado.

Higrómetro midiendo el porcentaje de humedad relativa del ambiente
Foto: Unsplash

La única forma fiable de saberlo es medirlo. Un higrómetro cuesta hoy menos que un café con tostada, y muchos humidificadores con app ya lo traen integrado de fábrica.

Y ya que hablamos de medir, si tienes un humidificador con sensor de humedad y modo automático, como el Levoit Dual 200S de la foto de portada, lo que hace es justamente eso, vigilar el porcentaje real del ambiente y ajustar el caudal de vapor para mantenerte dentro del rango saludable sin que tengas que estar pendiente. Es la diferencia entre encender un aparato a ciegas y dejarlo toda la noche a tope, o tener algo que de verdad sabe cuándo parar.

Conviene aclarar una cosa, porque el rango de 40-60% no es una zona donde más sea mejor. Hay quien se entera de que el aire seco es malo y se va al otro extremo, humidificador a máxima potencia todo el día, todos los días. Si no tienes un higrostato que corte automáticamente, lo que consigues es empujar la humedad por encima del 65% sin darte cuenta y encontrarte moho en las esquinas de las ventanas al cabo de un mes. El objetivo es equilibrar, no empapar.

Humidificador evaporativo Philips HU2716 con tecnología NanoCloud
Imagen: Philips / Versuni

Por eso nos parece tan interesante la tecnología evaporativa, como la del Philips HU2716 NanoCloud. Al funcionar empapando un filtro con un ventilador detrás, el propio sistema se autorregula. Cuanto más seco está el ambiente, más rápido evapora el agua del filtro; cuanto más húmedo, más lento. Pasarse de humedad con un evaporativo bien dimensionado es casi imposible, y eso lo convierte en una opción razonable para quien tiene miedo de hacerlo mal.

Hay gente para la que este equilibrio importa bastante más. Los bebés y las personas mayores, para empezar. También quien arrastra una patología respiratoria de base (asma, EPOC, alergias estacionales fuertes). En todos esos casos, los dos extremos, el seco y el húmedo, traen consecuencias más serias y más rápidas que en un adulto sano. Si en tu casa vive alguien así, llevar un control algo más estricto del rango de humedad no es ningún capricho, sobre todo en el dormitorio donde duerme esa persona.

Para quien quiera ir más allá de comprar un humidificador y ya veremos, lo razonable es calcular antes cuántos litros por hora necesita de verdad la habitación, con sus metros cuadrados, la altura del techo y las horas de uso previstas. No es lo mismo un dormitorio de 12 m² que un salón de 30 con techos altos. Comprar por estética, o por lo que ocupa en la estantería, es el error número uno que vemos repetirse en las reseñas de quien luego se queja de que no nota nada.

Un aparato pensado para 15 m² metido en ese salón de 30 va a estar siempre forzado al máximo sin conseguir nunca el rango de humedad que buscas, y de ahí sale la falsa sensación de que el humidificador no funciona, cuando el problema es de dimensionado y de nada más. Antes de pasar por caja, merece la pena hacer el cálculo con los metros reales del espacio en vez de fiarse de la foto del producto. Si quieres hacerlo bien desde el principio, en nuestra calculadora puedes meter tus metros y te decimos qué caudal necesitas de verdad.

Otro error muy habitual es colocar el humidificador justo al lado de la mesilla de noche, pegado al móvil que está cargando o cerca de un enchufe regletero. El vapor parece inofensivo, pero deja una fina capa de humedad sobre cualquier superficie cercana, y a la larga eso no le sienta bien a los componentes electrónicos. Los propios fabricantes recomiendan dejar al menos medio metro de distancia con cualquier aparato eléctrico, aunque casi nadie lo lee porque viene en la letra pequeña del manual. Y si puedes, colócalo a una altura media, ni a ras de suelo ni encima de un mueble muy alto, para que el vapor se reparta de forma uniforme por la habitación en vez de acumularse en una esquina.

Ya que estamos con mitos, las plantas de interior no son un sustituto real de un humidificador, por mucho que internet esté lleno de listas de plantas que humidifican tu casa. Es cierto que liberan algo de vapor de agua por transpiración. La cantidad es tan pequeña comparada con el volumen de aire de una habitación que el efecto medible sobre la humedad relativa resulta prácticamente insignificante, salvo que llenes la casa de decenas de plantas grandes, lo cual trae su propia lista de problemas de mantenimiento. Ayudan a la vista y al ánimo. No son una solución higrotérmica.

Si vives en un edificio antiguo, sin doble acristalamiento ni aislamiento térmico moderno, la cosa se complica por otro frente. La pérdida de calor es tan alta que la calefacción tiene que trabajar más tiempo y a más potencia para mantener una temperatura agradable, y cuanto más rato está encendida, más se reseca el ambiente de forma acumulativa a lo largo del día. Ahí un humidificador deja de ser un lujo añadido. Es casi una pieza más del sistema de climatización, tan necesaria como el propio radiador para que la casa acabe siendo confortable de verdad y no un sitio caliente y seco.

También nos preguntan a menudo cuánto se tarda en notar la diferencia después de empezar a usar un humidificador. Por lo que cuentan los propios usuarios en las reseñas que hemos revisado para este estudio, la sequedad de garganta y de nariz mejora en pocos días, casi de inmediato. La piel agrietada de las manos y la electricidad estática van más lentas, entre una y dos semanas, porque son efectos acumulados que necesitan su tiempo para revertirse igual que lo necesitaron para aparecer.

Queda un aviso importante, y prefiero decirlo claro. Ventilar la casa cinco o diez minutos al día sigue siendo imprescindible, tengas humidificador o no. El error que vemos repetirse es pensar que, como ya tienes el aparato puesto, ya no hace falta abrir ventanas. Es un planteamiento equivocado. Ventilar renueva el aire, se lleva el CO2 acumulado y los contaminantes del ambiente interior, y eso no lo soluciona ningún humidificador por sí solo. Lo ideal es ventilar un rato corto y luego, con la ventana cerrada, dejar que el humidificador haga su trabajo de mantener el equilibrio el resto del día.

Sobre el gasto eléctrico de tenerlo funcionando varias horas al día durante todo el invierno, las cifras son bastante más modestas de lo que la gente suele imaginar. Un modelo ultrasónico de tamaño medio, encendido unas ocho horas diarias, consume en torno a 15-20 kWh al mes, que al precio actual de la electricidad se traducen en unos pocos euros mensuales, muy por debajo de lo que cuesta tener la calefacción encendida ese mismo tiempo. Lo repetimos a menudo porque mucha gente descarta el humidificador pensando que va a notarlo en la factura, cuando el coste real es prácticamente residual comparado con el beneficio en confort y en los resfriados que la familia se ahorra durante los meses fríos.

Al final nada de esto va de perseguir un número exacto con obsesión de laboratorio. Va de tener una casa donde se respire bien, sin la garganta raspada al despertar y sin la piel tirante en invierno, sin esa condensación pegajosa en los cristales de noviembre. Esta noche, antes de acostarte, no estaría de más echar un vistazo a un higrómetro si tienes uno a mano. Es muy probable que el número que veas explique alguna de esas pequeñas molestias que llevas semanas achacando a cualquier otra cosa menos a la más obvia, que es el aire que respiras dentro de tu propia casa.

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